“Volví una noche a mi casa muy cansada de trabajar, en la moto, y escribí cómo había sido ese día. Quería que fuera un diario, lo más preciso posible y muy largo, pero me fui aburriendo y empecé a ir cerrándolo de a poco. Siempre que lo leo tengo la intriga de qué habré hecho el resto de ese día…”, afirma Fernanda Laguna sobre “Poesía Proletaria”. En este texto, Bárbara Wapnarsky, quien participa los jueves en el taller de poesía de Alejandro Rubio, comparte una lectura acerca de las modificaciones que introduce la cualidad proletaria en la poesía. 

Aparecen nombres y referencias cariñosas para personas pasajeras con las que la narradora sólo se vincula a través del comercio: Rosita, Susana, Marta, Ana, Silvia. Además, Silvia llama de parte de Fernando. Casi todos sus contactos laborales son con mujeres y así se convierten en actores importantes que trabajan y consumen. La narradora nunca dice que tiene un trabajo, sino que trabaja. Así como lo que escribe no es un poema pero sí una poesía, un hacer.

 

Una sutil transposición de la cualidad proletaria modifica varias cosas. Por un lado, la poesía es proletaria y quizás no lo sea el trabajo o, por lo menos, ese rasgo no aparece vinculado necesariamente a la actividad laboral que se nos muestra. Pero, además, la poesía es el relato sobre su trabajo, y así refiere indirectamente a él. ¿Qué hay de proletario en esta poesía y en la forma en que esta poesía nos presenta el trabajo? Quizás la falta de adornos, pompa o suntuosidad. Es decir: la falta de riqueza. Hay simpleza en las funciones, cierta austeridad y reservas sin plantear una visión moral o politizada de lucha. No se retrata un contenido típicamente proletario. Al contrario: Hay un disfrute en esa narración del camino que lleva al intercambio.

 

El intercambio, a su vez, no pone el acento en la transacción monetaria y recupera así su dimensión humana. Tampoco se hace referencia al salario, móvil principal por el cual sometería su tiempo a la contratación. El dinero se menciona muy poco. Una vez son centavos y corresponden a un vuelto que ella acepta como limosna. También la venta total de $109 que aparece como un dato suelto, casi musical. Mientras recorre la ciudad cantando sobre el dinero, la alegría y la sensibilidad, compite en la calle, por la belleza de la moto y la velocidad, con otros motociclistas que la confunden con un hombre.

El principal movimiento de esta poesía es la narración, es decir, el camino recorrido en tiempo presente. Todo lo que aparece asoma como en un paisaje, sin resistencia. Aunque todo no se puede contar y, a pesar de que la narradora pareciera contarlo todo, hay que ver qué se omite y qué detalles surgen disimulados detrás de la máscara de la espontaneidad. Se mencionan características sobre los productos que vende, que no son presentados como productos sino simplemente como lo que son: bastidores, pinceles, acrílicos. Los elementos aparecen casi sin intención. Las cantidades se escriben en números y no en letras, remitiendo al trabajo, la administración y la contabilidad. No es más que la llanura en la expresión de cantidades involucradas en el trabajo.

 

Trabajo y poesía son dos universos que coexisten con unos límites bastante difusos. La remisión a la poesía genera una expectativa de cierta lírica, técnica o procedimientos formales que, a simple vista, no aparecen. No se ve a un sujeto ejerciendo dominio sobre el material narrativo, interviniendo. Quizás lo poético sería el trabajo y lo proletario la forma austera de llevarlo a cabo. El concepto que une a los dos universos de la poesía y el trabajo es su condición proletaria pero esa misma cualidad se redefine al interior del texto.

 

¿En dónde aparece la diferencia, el límite que debería suponer el conflicto? En la geografía. Los lugares que recorre con la moto dan cuenta de cierto estatus o pertenencia de clase de las clientas, oponiéndose al barrio del taller donde trabaja la narradora, mucho menos glamouroso. La única clienta de la cual desconocemos su domicilio o barrio es Rosita, un apodo notablemente cariñoso. Con ella hablan de Nueva York. Es decir que comienza el recorrido con una referencia a otro lugar en un país rico, poderoso y lejano. La organización económica mundial depende de la distribución y, a pequeña escala, es a eso a lo que se dedica justamente la narradora.

 

Si bien el tema del reparto parece trivial, detrás de ese concepto está la idea de distribución como una operación simple que se lleva a cabo casi sin darse cuenta. Al mismo tiempo, la distribución es el origen de las diferencias sociales, la fabricación del proletariado. De todas formas, la trabajadora/narradora y sus clientas conversan con amabilidad, se dicen cosas lindas y sinceras. Cuando le cuenta a su primera clienta lo que hizo, no dice que trabajó. Sus actividades fueron lúdicas: escribió, pintó y también descansó. Una vida de burguesa, casi como la vida que podrían tener las personas para las cuales trabaja. Hay cierta igualación y pulido de las diferencias. Hacen el mismo tipo de actividades pero, además, la narradora trabaja. Si sus clientas trabajan, no lo sabemos.

 

De Nueva York se dice lo necesario: que hay plata, que es sucio y que no les da vergüenza. Pero, ¿a qué haría referencia la vergüenza? Puede ser tanto a la plata acumulada como a la mugre acumulada. También puede ser que la plata misma sea la suciedad que debería darles vergüenza. Eso explicaría, de algún modo, la omisión de su salario y del precio pagado por cada producto en cada entrega. Después de todo, la vergüenza lleva al ocultamiento. Sería entonces el dinero, en cualquiera de sus expresiones, la condición vergonzante para la narradora pero, ¿por qué? Quizás porque el relato la presenta como proletaria y su necesidad o falta, que tampoco aparecen, hace del dinero la condición para su propia explotación. Así la plata genera vergüenza en los dos universos, el de la poesía proletaria y el del trabajo, y por eso se la oculta.

Bárbara Wapnarsky