La masa relax

 

La obra Remote Control del colectivo Rimini Protokoll, integrado por Helgard Haug, Stefan Kaegi y Daniel Wetzel participó del FIBA Festival Internacional de Teatro en Buenos Aires. Comunicada como una obra para ver de otra manera o de una mirada colectiva, los trabajos del grupo siempre despiertan curiosidad. Comparto en estas líneas mi experiencia remota. Por Guillermo Sotello

La obra Remote Control funciona mundialmente como producto consumado que muda de ciudad en ciudad, y genera su narrativa aplicándose a cada momento y espacio citadino. El trabajo de producción que tuvieron que realizar para poner en puesta y marcha la obra en Buenos Aires implicó: dialogar con instituciones públicas y privadas, atender la seguridad en los cruces de calles, elegir los lugares escénicos. 

Aquí en Bs As., el punto de partida fue el Cementerio de la Recoleta (los muertos), allí donde ya nadie. Nos entregaron los auriculares y una voz femenina casi extraterrestre, se presentó como nuestro guía. Con pequeñas órdenes y breves textos, algunos con un tono más poético y otros un poco más naif ( “colócate frente a una tumba y mira hacia su interior”, ¿qué pensás? ¿qué sentís?”) la obra empezó a tomar forma.

Recibir instrucciones me causaba una pequeña resistencia, había tenido ciertas experiencia del mismo tipo y con resultados no muy interesantes, pero luego, al avanzar hacia otros espacios comprendí la importancia del sonido que se configuraba como el gran intérprete del proyecto: esa voz relajada y metálica como impartidora de órdenes hablaba de algo más.

Acontecimiento 1

Llegada al subte: Operativo por detención de hurto. Mi mirada se confunde. Algo me generó un punto de fuga y pienso que es parte de la obra, al sacar mi celular dos o tres agentes se acercaron a hablarme, pero al tener los auriculares no escuchaba y mi sonrisa generó malestar. Realmente no repare que me decían, luego llegó el subte y tuvimos que subir.

El “tour escénico” se despliega con el caminar en grupo pero siguiendo las instrucciones de la voz. Esta cuestión me hacía pensar que en ningún momento dialogaba con nadie solo con Kaegi, un poco como si fuera escuchar música en la calle, ensimismado en los pensamientos de uno pero intervenido con los de Dios.

Remote Buenos Aires sigue siendo teatro. Seguimos siendo platea, una platea que camina, corre, se sienta, frena, levanta las manos y mira por sobre todas las cosas. Una platea que no participa aunque haga como que, una platea que sigue mirando en movimiento.

Kaegi sostiene que el espacio escénico es el espacio público, SÍ. Y que los espectadores somos los actores, NO. El personaje principal y funcional es el dispositivo de audio, él es el medio necesario por el cual nos aísla, recibimos sus ordenes y también el cual hace posible la obra.

En una escucha directa de la voz de un dios/director que comenta sus gustos estéticos y nos ofrece datos estadísticos sobre las masas la relación con el rebaño porción/masa empieza a aparecer. ¿Caminar juntos? ¿esperar a los lentos? ¿no reparar en nadie? ¿llegar a la meta? Dios es el anfitrión audible y nosotros espectadores-ovejas acudimos sus postas escénicas.  Kaegi arroja una mirada europea sobre la relación individuo y colectivo en una ciudad tan pregnante de diversas culturas como es Bs as, y donde todavía lo convocante de lo colectivo aparece.

Al entrar a la sala de espera del Hospital Rivadavia pude ver la cara de extrañada que tenía una paciente sentada en la sala de espera. ¿Paciente o parte del proyecto? En su mano pude verle una vía periférica para administrar medicación y desde su posición en soledad en la sala de espera me generaba cierta desconfianza. Yo esperaba todo el tiempo que nos hable pero jamás ocurrió. Mientras Kaegi continuaba su relato no dejaba de pensar en ese reflejo, en ese cruce de miradas que nos ponía al público, no como intérpretes sino como público mirando. Y en la mirada de la joven que no entendía porqué 50 personas entraban callados, con auriculares a la sala de espera de un hospital. En todo el trayecto nos miraron los transeúntes, los trabajadores del hospital, los que compraban en el shopping y nos miraban también las fuerzas de seguridad.

Al fin y al cabo, mirar al que mira. Mirar lo que otro mira y cómo lo mira es casi el último peldaño de la sociedad del control consumada en la transparencia de la violencia y el espectáculo. Y allí entre ese duelo de miradas que aparecen fugaces, Kaegi continuaba con su texto tesis sobre las relaciones de poder entre de las grandes urbes .que despertaba algo que todavía me pregunto.  

Lo visual de la obra que es lo mismo que siempre estuvo: el cementerio, la biblioteca nacional, el hospital rivadavia, el subte, el shopping de palermo, una iglesia, Tribunales y el Obelisco comenzó a desbordar mi mirada hacia afuera, hacia el espacio. Mi mirada quería mirar no hacia dentro sino hacia el otro. Una ciudad llena de operativos policiales y efectos de control, en los cuales la mirada de todo agente inmediatamente se posaba sobre la masa/turista- espectador y que al descubrir que éramos una especie de turistas felices realizando una obra, esa mirada-control se calmaba.

 

Acontecimiento 2.

Al cruzar la avenida 9 de julio hacia el obelisco. La indicación del director-dios fue que saquemos un objeto cualquiera, lo llevemos en alto mientras caminábamos y lo comencemos a agitar: una representación de una masa en protesta. Al costado de la calle había alrededor de 20 agentes con su vestimenta antidisturbios los cuales al observar esta situación comenzaron a consultarse y prepararse. Nuestro grupo advirtió esto y se produjo un gran desconcierto. Luego una oficial al ver los auriculares dio aviso a su grupo y las miradas se calmaron.

Por último el dios director nos hizo subir 10 pisos por la escalera hasta llegar a la última posta la terraza el espacio más cercano al dios/director. Cerrando el tour nos hizo mirar el cielo y  con un elemento espectacular, el humo en la ciudad, humo blanco que nos hacía relajar en vez de advertir, algo que me acompañó en toda la recorrida, algo que no dejaba de preguntar, algo amenazante que parece retornar.