Alberto presid(oc)ente

Algunos años atrás, a fines del 2012 y hasta el 2014, organizamos junto con Tomás Otero un ciclo llamado Las Clases, donde invitábamos a amigxs docentes a reflexionar acerca de qué es una clase. La respuesta a la pregunta debía tener la forma de una clase. Estas líneas siguen ese ejercicio de pensamiento colectivo y performático, editado en 2016 por la editorial Santiago Arcos, para pensar las transformaciones y desplazamientos que ha atravesado la clase como dispositivo en el marco de la actual pandemia. ¿Qué es, qué pasa y qué está pasando hoy a través de las clases?

El profe

Tiene que dar una materia que no es la suya, y como si esto fuera poco, de otra carrera. Así se lo ve al actual presidente Alberto, explicando con filminas las curvas y panza aplanada de la pandemia. Se lo ve como lo que es, además de presidente, un docente universitario. No es una imagen suya novedosa, ya lo habíamos visto dando clase de Teoría del Delito y Sistema de la Pena en la Facultad de Derecho, semillero de presidentxs. Lo singular está en que el dispositivo de la clase es aquel que sirve como mediación y forma de presentarse ante la ciudadanía. Un dispositivo, la clase, que atraviesa actualmente una total revisión a partir de la modalidad virtual forzada por el aislamiento social preventivo y obligatorio.

Alberto está sentado detrás de una mesa compartida, mesa de conferencia y mesa de final oral, y se pone de pie para explicar la imagen de la filmina. ¿Qué es una filmina? Algo que hace veinte años nadie tendría que haber explicado. La filmina era una transparencia que se proyectaba a través de un retroproyector. A diferencia de la película, que son imágenes movimiento, estas son imágenes fijas que pretenden permanecer en la memoria de la audiencia y van acompañadas de la exposición del docente. 

Hay un despliegue de tecnologías retro: filminas, viola y cafecitos. Tiempo atrás proponía pensar que uno de las estratagemas de la campaña exitosa de Alberto, que ayer cumplió un año, había sido el “cafecito”. Es decir, el truco de poder reunir la máxima distancia entre dos personas que están enfrentadas a través de un objeto mínimo y difícil de rechazar como el cafecito. La instancia de conversar mano a mano, de recuperar estratégicamente el diálogo entre las partes, al permitir su recorte del coro de voces. El famoso cafecito con Segio Massa. Y señalaba que el gesto opuesto, pero en la misma dirección, seguramente por la juventud del candidato capaz de derrochar fuerzas, era el Clio de Kiciloff: recorrer la distancia máxima de la P bonaerense con un auto. ¿La política sería encontrarle la medida humana a lo inhumano?

Alberto y Axel, ambos docentes universitarios -Guzmán, Frederic, podríamos agregar y la lista sigue-, pero, ¿qué es un docente universitario? A diferencia del docente de escuela, el docente universitario supone que lxs estudiantes han elegido esa carrera. Están allí por su decisión, de modo que las responsabilidades están mejor distribuidas y compartidas. El docente universitario no se supone depositario del saber, sino alguien que es capaz de introducir a otros en la lectura de problemas a través de textos y autores. Hay fechas de parciales y finales, programas de materias, libreta universitaria, primeros y segundos llamados para rendir exámenes, todo un proceso de subjetivación entre distintos actores e instancias que lleva finalmente a “recibirse”. Es decir, obtener una habilitación o licencia, o más bien una autohabilitación de quien se recibe a sí mismo, para ejercer una profesión.

En el caso de Cristina diría que su lugar de enunciación es más bien aquel propio de una dirección escolar. Sabe hacer que su palabra atraviese a la audiencia de xadres e hijes en el patio de la escuela. No le habla al aula, habla en los actos escolares. Sabe vincular y significar en el presente los eventos históricos. Y tiene la autoridad necesaria para formar la fila de los alumnos y de poner en su lugar a los xadres de los chicos. Macri, en cambio, era el mal alumno, el chanta, que se presenta al final sin haber estudiado. O el que pone un doble como Esteban Bullrich, el ex ministro de Eduación. Esa te la debo. En contraste con Cristina, no sabe nada de historia, le alcanza con saber dónde queda la Casa Rosada y así bautiza a su perro Balcarce. Dylan, el perro de Alberto, viene del rock de los sesentas. No casualmente Alberto hace tocar a Spinetta en el salón blanco de la Casa Rosada. (*)

El discurso universitario

Como sugería al comienzo, me interesa pensar cómo la escena de clase universitaria ha servido cómo dispositivo para transmitir e inscribir los enunciados del gobierno. Una novedad es que se puso en juego otro discurso, el científico, que tiene reglas propias e intenta desplazar la larga hegemonía del económico. El discurso económico no suele explicarse a sí mismo, supone que todos lo conocemos y en tanto tal puede prescindir de explicación. Se habla entre entendidos. En cambio, el discurso científico busca explicarse, ser comprendido. Porque quiere compartir tanto sus certezas como su incertidumbre, sobre todo esta última. 

La solución -en este caso la vacuna- no es inmediata ni depende de una única persona. Hay equipos de trabajo, es necesario hacer testeos, todo un proceso y “protocolos” que hay que cumplir. Tiene sus tiempos y formas, digamos. Y esto es quizás lo primero que hay que entender.

El discurso universitario está segmentado en disciplinas, y es sabido que cruzarlas es tabú, los especialistas defienden a ultranza sus dominios. Pero ¿qué pasa con el saber científico cuando lo agarra la política? El político cruza campos, corta cancha, no tiene que saberlo todo,
¿qué tiene que saber el político? Entre otras cosas tiene que saber hacer hablar a los demás. Alberto escucha, a veces concilia las voces discordantes de los estudiantes, otras deja confrontarse y convivir las diferencias. Sabe hacer y actuar con lo que no sabe. ¿Hace política universitaria?

La cursada 

No podemos decir que hay una sociedad escolarizada, pero sí que las casas, muchas, se han tenido que volver escuelas para sus hijes. Al estar las escuelas cerradas, hubo un desplazamiento de la escuela a los hogares. En esa mudanza, para quienes ir a la escuela era acceder a ciertos derechos básicos (como la alimentación), no hay escuela. La escolarización de los hogares se realizó sobre todo a través de la docencia de lxs xadres. Son ellos quienes deben crear las condiciones para que sus hijes permanezcan frente a una pantalla y hagan la tarea. Triple tarea para quienes, además de ejercer la xaternidad, trabajar, ahora deben ser también docentes. Atareados hijes, y tres veces atareados xadres.

Sin embargo, pareciera que es toda la sociedad quien es interpelada como estudiante universitaria. Al igual que el docente, quien no sólo evalúa sino que es también examinado en cargos a concursar y por sus colegas, todxs estamos en evaluación y observación constante. Y eso es también propio de la institución universitaria.

Vistas retrospectivamente, desde este nuevo tiempo D.C (después y durante el Covid), las clases presenciales se parecían al vivo y en directo televisivo. El conductor podía editar en vivo, llevando la conversación hacia un lado o hacia otro, ir oportunamente al corte. Hoy en día hemos pasado del vivo al programa de archivo, donde el docente es un comentador. Muestra contenidos, comparte su visionado, y luego señala o puntualiza algo. No tiene la facultad de interrumpir el curso, que es el gran temor de la clase virtual, que se corte la conexión. Y debe convivir con una escena que no controla, y dentro de la cual puede ser interrumpido, desatendido, convivir con las demás ventanas de la pantalla y su peligroso infinito.

Parece chiste que la plataforma Zoom, cuyo nombre refiere a la posibilidad técnica de acercamiento a través del lente de una cámara, es la que se ha popularizado para dar justamente clases a distancia. En sus límites se revela su ideología empresarial: la conversación es unidireccional y se organiza en función de un hablante que ocupa todo el cuadro de la pantalla. Y tiene el problema -que el Renacimiento resolvió con la perspectiva- de ser plana, no tiene profundidad, le falta la tercera dimensión. Lo que nos advierte que la perspectiva que tiene el estudiante en un aula, la distancia entre el pizarrón y el banco mediada por la/el docente y sus compañeres, la distancia que separa su casa y núcleo familiar de la escuela, conforman otra imagen del saber. El saber es una relación con otros, en un aula alineada y triangular, redonda y circular; con risas de fondo, murmullos, lugares no visibles por donde circulan comentarios y astucias, lateralidades. Y sus relaciones se han transformado junto a sus soportes: del pizarrón y apunte en el aula, a la fotocopiadora del Centro de Estudiantes o a la biblioteca, al tren o colectivo, a la mesa de café o escritorio o parque, había todo un circuito que hoy está recortado en una pantalla con múltiples pestañas en el borde superior, un aula con tantos cuadros como soporta la pantalla de nuestro dispositivo, y los pdfs -donde ya estaba contenida la forma del saber actual-.

Hacer actuar la clase, que ocurra como acontecimiento, es poder hacerla pasar en esos tiempos, por sus huecos y circuitos. Si pensamos la clase como corte e interrupción de lo dado, de un saber constituido, estamos mejor parados a la hora de vincularnos con la interrupción de la presencialidad. El gran desafío es cómo poner la clase afuera, encontrar la forma a través de la cual pueda pasar, inventar esa intemperie donde es posible encontrarse y transformarse, salir adentro cuando la defensa de una vida en común implica que estemos todxs encerradxs.

(*) En La imagen transparente, ensayo publicado en la revista Kilómetro 111 y “Balcarce: el porno imaginario macrista” (comp. Sebastián Russo y Marcos Perearnau), reflexiono sobre este vínculo entre política y rock.

Marcos Perearnau