Lo más difícil para mí en la cuarentena fue experimentar la permanencia. Según el diccionario: Permanecer 
verbo intransitivo 
1. 
Estar o mantenerse en un lugar durante un tiempo determinado. 
“permanecimos unos 15 minutos en la biblioteca antes de salir” 
2. 
Mantenerse sin cambios en un determinado estado, condición o situación. 
“aquella fecha permanecía viva en nuestro recuerdo” 


 La permanencia de varios meses en un mismo lugar…Permanecer creo que es una manera de renacer. En el medio de esta permanencia aparece mi abuela materna, casi como un fantasma hermoso, presente, que en agosto de 2020 hubiese cumplido 100 años. Y me pregunto quién hubiera sido mi abuela si hubiese tenido la oportunidad de vivir en otro contexto, en otro lugar, en otras circunstancias. Me pregunto si mi abuela bailó alguna vez.  


Hace unos días me comenta mi mama por medio de una videollamada que cuando yo era bebx, se me tapo un lagrimal y lloraba con los ojos abiertos, que mis ojos estaban vidriados permanentemente por varios días. Pensé en esa imagen: Ojos vidriados, llenos de agua. Y me pregunte: ¿Puedo llorar sin lágrimas? 


Estas historias se entrecruzan, me atraviezan y dialogan con el contexto actual: un virus que parece que viene a visibilizar la desigualdad de oportunidades que siempre existieron en nuestro país. Hace unos meses se contagia y muere una referente social de la villa 31, Ramona Medina, días antes ella reclamaba agua potable en el barrio.La mujer de 42 años estaba internada en grave estado el Hospital Muñiz. Toda su familia, incluyendo su hija discapacitada, estaban infectadxs también.“Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle”, decía y frente a las canillas secas de su casa Ramona , con la paradoja enfrente: “¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”. 


Ramona, de 42 años, era paciente diabética e insulino-dependiente y se contagió, quedó internada en grave estado, falleció el 17 de mayo el Hospital Muñiz en Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Vuelvo a preguntarme si puedo llorar sin lágrimas o si mi abuela bailó alguna vez.
 Me quedo pensando sí puedo bailar la tristeza​.

Mariana Luz Ticheli