Casi llegando a fin de año caigo en la cuenta de que desde CIAM se había propuesto este espacio de escritura virtual llamado “Diarios de Cuarentena”. Claro que fue mientras me bañaba que mi mente hizo un CLICK y sentenció “debo escribir para Diarios de Cuarentena antes de que termine este inconsistente y surreal año”. ¿Por qué mi mente, que en realidad soy yo, hizo esa sentencia? ¿O mejor, por qué no lo haría?

Una lluvia de dicotomías caen sobre nuestro ser confundido y fragmentado constantemente, lo cual nos deja en jaque, estupefactos: ¿Lo virtual es real? ¿Puedo vivir a través de las ilusiones? ¿Vale la pena escribir? Escribir a través de una pantalla, ¿te acerca más o menos a otre que a través de un papel? ¿Llega a más o a menos gente? ¿Les importa más o menos? ¿Por qué me importa la gente? ¿¿Quién es la “gente”??

Y es aquí cuando sorpresivamente se despeja el panorama… Cuando una piensa en el contacto, en la carne, en la temperatura y en la materia (envuelta por halos energéticos y espirituales y políticos y culturales y sociales y  sensibles y desgarradores, claro). Pero aún así  piensa en la materia…

Y con materia no hablo de materialismos históricos, ni dialécticos, ni la prakriti hinduista, ni la masa-volumen científica. Con materia me refiero a acción. Porque en la acción necesariamente se genera un contenido sustancioso. Un desahogo a cántaros de aquel sufrimiento incomprensible de la fragmentación del ser. Todo ese pensamiento y palabrerío (como puede ser este) finalmente se transforma en algo externo a mí. Algo que ya no me pertenece por completo. Externo a mi propia mente que solo puede girar en espirales concéntricos…

Y la acción grupal y colectiva es el súmmum de esta materia decantada. Es por eso que CIAM –Compañía Investigativa de las Artes del Movimiento- es, en este contexto inconsistente, algo material que sostiene. Que acompaña. Que conecta. Que escucha. Que acciona. Sé que hay carne del otro lado. Sé que hay objetivos comunes y deseos encontrados. Sé que fue concebida como un hacer grupal presente y futuro. Y escribir este texto un jueves a las 00:19 hs es una acción individual y a la vez colectiva. Es una acción-materia, aunque sea escrita, que es parte de algo que me excede, que me incluye y a la vez me borronea.

Pero más allá de esta pequeña acción, hay acciones-materia enriquecedoras y tranquilizantes. Acciones que generan más materia y menos virtualidad. Menos apariencia. Más movimiento.

En este momento se me ocurren las siguientes: hacer una obra colectiva, pintar un mural entre vecines, ponerse máscaras o pasamontañas y hacer una intervención en la calle,  escribir una revista barrial, organizar una feria de emprendedores cooperativos, juntarse con amigues a cocinar, acompañar el aborto de una amiga, acompañar la crianza del hije de una amiga, decidir irse a vivir con más gente afuera de la ciudad, militar, hacer verdurazos, hacer desnudazos, regalarle un budín casero a la vecina, organizar encuentros grupales para investigar nuevas artes, poner un taller de lo que sea con amigues, barrer la vereda aunque no sea solo tuya, tomar una tierra, hacer ollas populares, escribir proyectos de ley, ayudar a una amiga a hacer su casa, manifestarse por un derecho, manifestarse por una injusticia.

Con todo esto no me quiero marear ni marearles, aunque ya estemos todes mareades. Quizás sea mejor el silencio. (Eso es lo que usualmente termino diciendo, esta vez quise hablar). Pero ahora terminé y puedo librarme de las pantallas por un rato.

Las fotos fueron tomadas en 2019 por integrantes de CIAM durante ensayos del proyecto “DiáfanE” de Federice Moreno Vieyra en el espacio La Sede.

Eugenia Graña