Crónicaptcha

Código Captcha es aquello que nos permite acceder a ciertos contenidos digitales o enviar información en algunas plataformas, verificando nuestra validez como seres humanos y no como bots. Es una medida de seguridad, un cerrojo cuya llave es nuestra humanidad. Por ahí sabiendo eso una pregunta que se puede hacer durante la obra homónima autorada por Nayla Manganiello es “¿Qué cosas podemos destrabar sólo con nuestra humanidad?”. ¿Si la humanidad es marcada por la libertad, el libre albedrío, como nos reconciliamos con las redes que nos predisponen? Quizás el momento social en el que pensamos que las redes son las garantes de libertad completa en un diálogo comunitario ya pasó y ahora las redes se ven como cárceles inescapables. Sus barrotes son las tormentas de información interminables y los ciclos de recompensas para nuestros receptores de dopamina que conforman la dinámica de posteo. 

Estando encerrades tanto tiempo por causa de fuerza mayor decidimos como si fuese la única opción (quizás lo es) estar súper presentes en el espacio digital, en la plaza o el Ágora o la asamblea que se genera en las plataformas. Esta inserción esconde una dinámica muy sutil, que es que también nos insertamos en una red cultural nueva. No es la de nuestra comunidad inmediata o la de nuestra sociedad analógica, no es la de los grandes medios, y aunque tenga características de todas ellas, es otra más. La distancia entre nuestra posición y nuestro reflejo en esa red (esas redes) parece cuántica, a veces siendo una relación de proximidad y a veces una de alejamiento total. Y nuestro reflejo en las redes es como el de un espejo de carnaval que nos achata y estira. Si además de todo llegamos a pensar que lo que ese reflejo representa en la red tiene algún nivel de realidad, estamos un poco perdides.

En Código Captcha aparecen reflejos y partes del cuerpo descontextualizadas, aumentadas o modificadas por cosas analógicas como también pantallas y superficies de interacción. Aparecen maneras de mezclar la corporalidad con aumentaciones tecnológicas, como si volvernos cyborgs fuese aquello que terminamos vivenciando, intentando suplir una falta o necesidad identitaria con dispositivos y con información. La obra es una exploración de la subjetividad encerrada, insertada en el panóptico personal que tenemos por casa, y también un chiste contra ese ojo de Sauron que está en el centro de la experiencia no sólo de vernos, sino de que lo veamos y lo alimentemos de contenido. Si al final movemos toda la intimidad al espacio público y no tenemos maneras de resguardar la integridad de ese mismo espacio público, ¿por qué no descansarlo al dispositivo carcelero y reírnos de nosotres mismes en el intento? Podemos terminar con algo tragicómico y honesto en nuestras manos, como hace la autora en este caso. Podemos terminar con una pregunta como “¿Qué se dirían nuestra humanidad y nuestro reflejo digital que no nos pertenece si se conociesen?”. Código Captcha es un ensayo de la respuesta.

Bruno Borgna, 2 de Agosto de 2020