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Cuerpo inmóvil para el arte, cuerpo a disposición del capital. Desde que arrancó el
confinamiento no me dejo de preguntar porqué aun lo que genera mayor capital,
como las grandes transnacionales, aún incluso en estado de vulnerabilidad, sigue
produciendo y se siguen enriqueciendo. La espina que recorre el cuerpo del solo hecho
de saber que podés producir para la empresa y que su protocolo te brinda un papel
con libre circulación.
Un cuerpo que pregunta, que comparte, que abraza, que besa, que sale de la
normalidad habitual no puede concretar su deseo de libertad porque está encerrado.
Un encierro producido por el capitalismo, una enfermedad que nos pega fuerte,
porque nos niega la posibilidad de movimiento. La modalidad virtual te saca del apuro,
te devuelve un poco de todo lo que perdiste te pone un plato de comida en la mesa
pero solo eso. Normalizar una clase virtual es acabar con el deseo del encuentro del
cuerpo, normalizar una clase virtual es dejar sin acceso a un montón de personas que
no tienen las herramientas para conectarse o no cuentan con el espacio físico para tal
fin. Por eso me niego a normalizar las clases virtuales, pero no soy un necio y entiendo
que los artistas independientes necesitan trabajar.
Salgo a respirar un poco de la rutina que por ser esencial por la pandemia no puede
parar, apago la televisión que aunque ya no la mire o no lea sus diarios y revistas las
personas que me rodean me lo cuentan, me lo repiten tantas veces que lo único que

puedo hacer es sentarme y contemplar el vacío, la oscuridad que hay en mi
profundidad hacerme amigo de la soledad, abriendo la escucha al máximo que solo la
encuentro en el silenció para así relacionarme desde un lugar más amable y empático.
Desde ahí contemplo los deseos, la ganas de moverme, imagino mi cuerpo flotando
entregándose a la música, abrazando y ritualizando con otros.
Empiezo a soñar de nuevo con un mundo imposible dónde los medios no nos metan
más miedo y nos eduquen para combatir desde otro lugar, dónde tener educación no
sea privilegio de clases, dónde se reduzcan las horas laborables para tener más tiempo
para la familia y el arte. Entre tanta rutina laboral con el cuerpo en quietud sigo
afirmando mis ganas de moverme, mis ganas de seguir investigando mi cuerpo hasta
volverlo totalmente autónomo, mis ganas de seguir relacionándome con la extrañeza
del otrx, por eso espero con tranquilidad que esto termine tratando de quemar la
ansiedad porque sé que cuando lxs cuerpxs nos encontremos de nuevo va a ser desde
otro lugar, con otra mirada, con otra sensibilidad y seguramente con más entrega, sin
caparazones y sin tantas estrategias de defensa.

Diego Núñez