Fragmentos de EL TEMPLO DEL CHIVO EXPIATORIO Historias de ópera, último título del director de cine y teórico alemán Alexander Kluge

Prefacio

La ópera más antigua, que fue presentada no en un teatro sino en una iglesia, fue escrita en el año 1600. En los siguientes 417 años fueron compuestas alrededor de 80.000 óperas. Cuando alguien una vez me preguntó acerca de mi fascinación de toda la vida por estos enigmáticos dramas musicales, no pude darle una respuesta. Mi abuela inglesa hubiera utilizado una palabra para calificar los argumentos de la mayoría de estos dramas inviables. ¿Por qué el público, en su sentido clásico (la burguesía; antes, la aristocracia), erige edificios como templos para las óperas en las plazas centrales de sus ciudades, espléndidos como  parlamentos, a la altura de la bolsa de comercio o los tribunales de justicia?

Lo que me atrae de la música es algo que no puedo poner en palabras. Pero puedo afirmar con certeza que la parte mía que es afectada por la música de las óperas, no es aquella que se preocupa por el drama interpretado. Diferentes partes de mi alma admiten a las óperas, en toda su ensoñación, absurda irrealidad, avivando la superficie de mis mares internos hasta atormentar fácilmente una embarcación. Me hacen llorar. Sé que aquello que despierta en mí la chispa antirrealista, que suspende todas las leyes de la realidad, son siempre dos fenómenos irreconciliables -la historia y la música-, ninguna es más importante que la otra.

Si no puedo explicar por qué me cautiva la esfinge de la ópera, menos aun podría explicar la utilidad de mirar o escuchar ópera. ¿Cuál es el uso de las óperas en tiempos de guerra? Ernest Hemingway da un ejemplo. Después de 1918, la arrogancia llevó a los griegos (con toda su artillería, caballos y trompetas) a avanzar hasta la capital turca de Ankara. Fueron derrotados. Los comandantes turcos tomaron posesión de la ciudad de Smyrna, donde los griegos habían vivido más de mil años. Por la noche, habrían asistido a la Ópera de la ciudad. Según Hemingway, les recordaba sus estadías en París y su manejo fluido del idioma francés. Cautivados por la ópera de Bellini, no cumplieron con la orden de incendiar la ciudad entera. Un barrio del suroeste se salvó. Justo allí estaba ubicada la cervecería del hermano de mi abuela. Él, personalmente, consideraba a la ópera algo superfluo. Sin embargo, tanto la propiedad de Herbert Hausdrof como su vida fueron salvados por el poder de la ópera de distraer hasta los bárbaros.

 

  1. EL PRINCIPIO DE LA ÓPERA

Compromiso total

Era un cantante que daba más de lo que podía. Renuncia dramática. Se olvidaba de administrar su voz, de manera que durante muchas presentaciones ésta le quedaba en bancarrota, y solo era capaz de concluir el concierto a través de su técnica. Su voz era “áspera y rasposa, pero poseía un alto y sólido núcleo metálico.” Sería difícil, escribió un crítico del New York Times, superar su cri de coeur de “Ah, la maledizione” en Rigoletto. Por el contrario, el crítico del Washington Post,  aun sabiendo que el registro del barítono tenía un cierto aplomo, declaró que “no había delicadeza en su estilo”.  Eso lo hirió profundamente.

Leonard Warren, nacido Leonard Warenoff en Nueva York en 1911, interpretó el papel del Duque en Simon Boccanegra del legendario Lawrence Tibbett. Esta participación lo colocó entre los mejores barítonos de su generación. Era absolutamente despiadado consigo mismo en la defensa de la posición que con todas sus fuerzas había conseguido alcanzar, aunque tenía también fama de ser “sensible” y “refinado”. Sin embargo, era precisamente eso, la calidad del sentimiento en su canto, lo que estaba en disputa. El crítico del Washington Post solo estaba dispuesto a concederle apenas un cierto poder natural.

El 4 de Marzo de 1960 era el estreno de La Forza del Destino de Verdi en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Leonard Warrem interpretó el papel de Don Carlos, hermano de la desafortunada Leonora (Rita Trebaldi). Tras el amistoso dúo entre Alvaro y Don Carlos tuvo lugar el intervalo. Parecía que Warren estaba teniendo dificultades para comenzar el aria de don Carlos. El gran hombre dio un suspiro. Estaba a punto de llegar al “O gioia” antes del stretto. De repente se congeló. El medallón de Leonora se deslizó por su mano, y cayó, según el Washington Post, “primero el pecho, después con la cabeza” al piso. La caída había sido demasiado real. El público se asustó. A su lado, el cantante que interpretaba a Álvaro gritó: “¡Lennie, Lennie!” Los asistentes corrieron desde ambos lados del escenario y advirtieron que su nariz rota derramaba sangre. Turnándose, el director Osie Hawkins y el tenor Richard Tucker, le hicieron respiración boca a boca al hombre sin vida. El médico del teatro Adrian Zorgniotti llegó para confirmar la muerte del barítono. Fue media hora de confusión. Nadie había reparado en bajar el telón. Fue entonces que el director del Met, salió al escenario y dirigiéndose al público dijo: “ Este es uno de los momentos más tristes en la historia del Metropolitan. Los invito a todos a ponerse de pie. En honor a uno de nuestros más grandes cantantes. Estoy seguro de que estarán de acuerdo conmigo en que no era posible continuar la función.” Solo después el coloso fue retirado del escenario. El crítico del Washington Post escribió que aquella noche en el teatro, que terminó cerca de la misma hora en la que la función debía concluir, había sido conmovido más que con cualquier ópera. En ese sentido, el compromiso total de Warren -la disponibilidad para sacrificar su propia vida- había tenido un final, efecto decisivo en la persona que lo había criticado tan injustamente.

Traducción Marcos Perearnau