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Abro en el 338 camino a Lomas. El chico del asiento contiguo, lee La abolición del estado, libro de tapa roja y negra, colección anarquista. Viste de oscuro y usa tapabocas negro. Extiende la mano y le pide alcohol en gel a la chica a su lado. Somos transeúntes temporarios. Ser pasajero es ahora todo un Acontecimiento. Encaro este viaje como posible reflexión en y sobre el movimiento. Esperé más de 40 minutos el bondi. Como tiene varios ramales (todos hacen el trayecto La Plata-San Isidro) esperaba ubicado de tal modo que podía ver si un ramal aparecía por la Avenida Vergara o si otro doblaba por Concepción Arenal. El primero que apareció dobló por Arenal pero no pasaba por Lomas. Me concentré entonces en mirar sólo la avenida. Mi cuello, me lo agradeció. Llegó a las 3 pm. Detrás del plástico protector saludé al chofer, no  respondió. Estoy yendo a Lanús a ver a Abril, compañera que conocí en Ciam, la grupalidad de movimiento en la que participo desde 2017. Hace unos días Abril respondió a un pedido que hice en una red social buscando celular. Otra chica, también del campo del  movimiento, respondió. A ella la había conocido en Mujer, violencia y capitalismo, seminario teórico-práctico para una performance que se realizó en el espacio público, frente al Obelisco. Ese proceso fue pensado y compartido por la docente y bailarina Blanca Rizzo. La solidaridad nos pone en movimiento porque, si entre los artistas no nos damos una mano ¿quién podrá ayudarnos? Hago el viaje, entonces en nombre del grupo y del movimiento. Vamos a construir subjetividad con Abril. Desde que se declaro la cuarentena, éste será mi trayecto más largo. Nos citamos en una esquina de Lanús, pizzería Las Palmas. Precavido, busqué en maps, la esquina es roja (como el libro del chico) Tengo puesta una remera que dice Museo Salvaje, título de un libro de poemas de Olga Orozco (el cuerpo es el museo salvaje, cada poema aborda una parte) y detrás, está el logo de Ciam. Museo Salvaje aconteció como parte del proceso de Nahuales donde investigamos el nahualismo y los devenires animales, tanto en el movimiento como en la comunicación espiritual con nuestros ancestros. Migue, coordinador de Ciam, viene del mismo pueblo donde nació Olga, en Toay, en el corazón de La Pampa. Hace poco se cumplieron 100 años de su nacimiento y hubo lecturas on line de su obra. Arrimo este inicio de un poema suyo: Contigo en aquel tiempo yo andaba siempre absorta,/ siempre a tientas, a punto de caerme pero indemne y eterna,/ tomada de tu mano, así comienza  Olga su poema Conversación con el ángel. Por la ventanilla veo un domingo soleado pero desolado. Saco la notebook y empiezo a escribir esta crónica. Algunas pocas personas transitan al borde de la ruta. Entra bastante viento, sacude las cortinas, el ómnibus avanza raudamente, yo abro y cierro una y otra vez. Ya  vamos por San Justo, la iglesia enorme, cerrada, cupula circular, Don Bosco, tiene  extrañas rejas blancas. Mientras esperaba el micro noté poco transporte circulando por las calles. Los deliverys, en cambio, en sus motos, en un ir y venir constante, llevando pedidos. Desde que empezó esto no pare de trabajar, decía el otro día un chico, mientras estacionaba. Pienso ¿habrá posibilidad de generar un espacio de circulación sin otro móvil que la duración y el ritmo? ¿uno que nos permita fugar momentáneamente de esta cotidiana cuarentena y su estado consumista, propio del capitalismo subyacente y responsable de esta crisis? Tenemos que inventarnos espacios-tiempos nuevos como ángeles que somos, atravesando estados y urdiendo territorios existenciales. Pues ciertamente, la calle está desangelada, en cuarentena. El espacio está teñido del tono melanco del encierro. La calle dejó de ser pública y se convirtió en circulación para el acopio de los privados. Los individuos hacen acopio de lo necesario y regresan velozmente a la madriguera. Ya no hay paseantes ni flaneurs, nómadas o deambulantes. Como en el cuento “El peatón” de Bradbury. De todos modos, algunos quedamos y la calle sigue siendo el lugar de la heterogeneidad y de los acontecimientos. Cada vez que lo necesité, de forma imprescindible, generé movimiento, salí para estirar las piernas (y para caminar con horizonte abierto delante, como dice el amigo y artista Jano) Al salir ví algunos insectos y animales: una mariposa, un cachorrito juguetón (le tendí la mano para acariciarlo a través de una reja) y un ave grande que planeaba muy alto. Una circulación arbitraria movida por razones inmensurables. Para “Nahuales” tuvimos que observar una hora entera a algún animal en su habitat. Yo observé a las cotorritas verdes en un bosquecito que hay al lado de la estación de Hurlingham. Eso fue en 2018. En 2019 y como parte de las propuestas de Ciam, Abril y yo compusimos a un mismo ser en la performance Diafane. Lo que Deleuze llamaría una individuación sin sujeto. Un acontecimiento en el entre corporal. Estábamos unidos por la espalda a través de un vestuario-embalaje, reciclado y confeccionado a partir de bolsas de plástico (es decir, de un resto, desecho, basura) Nos agenciamos a potencias de movimiento. Hicimos despliegue de una partitura propuesta por el coreógrafo-director Federice Moreno. También viajamos con Ciam a Santa Fé a mostrar Diafané en un Festival de movimiento. Convivimos en un camping los dos días de gira. (Al poco tiempo Abril contó a la grupalidad que ya no participaría de Desaparecer en la acción, la próxima propuesta.) Ahora, vivimos en excepcionalidad. La Constitución especifica que el transitar es un derecho de todo ciudadano. Pero el libre tránsito, precisamente, es uno de los derechos más limitados. Ese derecho y otros varios. No podemos entrar ni salir del país, tampoco reunirnos ni hacer nuestra vida usual. Traté de no violar la cuarentena. El día después de implantada me llevaron demorado a la comisaría por estar en la calle. Me advirtieron que si reincidía sería peor. Pero como transgresor que soy, me resultó tan necesario y nutritivo como el alimento, el movimiento y algunas  relaciones. Además de dar una vuelta, fuí a visitar a tres amigas. La necesidad de socializar con otras personas aparte de la persona con la cual conviví desde que comenzó la cuarentena (y mis 4 perros) me impulsó a hacerlo. Con el correr de las semanas atenué un poco el cumplimiento de la cuarentena. Pero luego volví al recluimiento porque sentí que podía exponer a otras personas, lo cual no me pareció justo. Y ahora tengo internet en casa. Lo necesito para comunicarme y para trabajar dando cursos, talleres y seminarios desde casa. Ya voy preparando tres propuestas: un taller del performer, un seminario sobre Pizarnik y un taller de lectura y escritura de poesía. Sin embargo, pienso que este incremento de la virtualidad presenta, por un lado, una solución y por otro nuevos problemas. El hecho es que ahora (casi) todo lo que se hacía en vivo y en forma presencial se realice a través de reuniones virtuales puede aplanar la experiencia, apantallarla (y no con un abanico precisamente) Hay experiencias que necesariamente precisan del vivo, de la presencia real, de la mirada, del estar entre, y no sé hasta que punto pueda reemplazarse esa vivencia por medio de la transmisión medial. Es decir, seguramente haya cosas que no sufran con la trasposición y otras que será complejo trasladar. Hay que discernir cuáles y pensar más alternativas. Y por supuesto no naturalizar que todo el mundo tenga el mismo acceso a la tecnología. Ni el mismo deseo, claramente. Otra cosa: la reducción del movimiento incide en el confinamiento del cuerpo y viceversa, puesto que ambos están relacionados y enlazados. Cuerpo y movimiento se conectan en los desplazamientos. ¿Podría aparecer otro tipo de movimiento? Todo lo que por algún motivo tiende a ser refrenado, de algún otro modo, tiende a buscar su línea de fuga. Lo que ebulle tarde o temprano va a escabullirse por algún lado. Tiene que haber alguna salida. En mi caso, el movimiento propende a la escritura, la lectura, el dibujo, la danza, contemplar el paisaje, los árboles de la plaza cerca de casa, la bandada que da vueltas por el espacio -todo eso- conforma mis líneas de fuga. Por la ventanilla no solo entra el viento. El camino al sur me trae diferentes recuerdos de varias épocas: recuerdo cuando iba a posar como modelo vivo a Temperley al taller De Signis. (Ser modelo vivo on line, por ejemplo, no me convence, es una de las cosas que entiendo que tiene que ser en el mismo espacio real y compartido entre artista y modelo) Mucho tiempo antes compartí muchas historias por Quilmes y Bernal. Recuerdo las orillas del río quilmeño, sus árboles, el horizonte generoso. Posteriormente, en Zonadearte, un espacio cultural en Quilmes, una casa de barrio, participé de muestras de arte. Hice un inolvidable seminario de performance en la Escuela de Arte de Quilmes. También fuimos con Klaudia con K a eventos a participar con nuestras acciones. En el sur también está la casa de Paola Baruque, artista que vive cerca de un bosque. Una vez, durante una tormenta, varios hicimos el intento de hacer un pic nic en el bosque pero nos disuadieron los fuertes rayos. La primera vez que hice danza butoh en el espacio público también fue en el sur: en la peatonal de Berazategui. Este  múltiple y enmarañado ovillo de experiencias enlaza mi cuerpo al Sur.  En mi nomadismo lo he curtido a través de todos esos recorridos vitales, afectivos, artísticos, laborales, creativos. El arte es mi madriguera, de la cual voy y vengo de casa al mundo.  En su vertiente más participativa, soy artista del movimiento,  desde el cuerpo, lo relacional, lo vital y alegre de crear junto a otras personas abriendo nuevos espacios-tiempos.  Es mi apertura al afuera desde la cual percibo al mundo y muestro mi singularidad. Experimentando muy diferentes tipos de relaciones y de intercambios concibo al arte como  máquina de máquinas, como un abordaje multiperceptivo, conceptual y afectivo que nos permite reinventar otros devenires. Salir del presente, de lo vigente, de lo hegemónico, de lo identitario, de lo fijo del estereotipo yendo a buscar lo intempestivo y el acontecimiento a la vuelta de la esquina. Salir de la casilla y del nicho que el CMI (Capitalismo mundial integrado) nos inserta como chip al cuerpo. La intensidad del arte es parte de mi forma de vida. Cambia mis focos existenciales porque intensifica y alumbra cada movimiento que doy (ya sea en lo físico, psíquico, mental, emocional, relacional) Vivo en esta especie de torbellino y dínamo que me impulsa en estas otras direcciones y no es fácil. Es todo un movimiento existencial. Me asombra cada día con su plano de composición diferente. Y aún en su restricción creo que este momento puede ser expansivo e intensivo y en su forma mutante, una posibilidad de repensarnos y de resituarnos. Para los artistas es un parate total, al no poder reunirnos, ni ensayar, ni mostrar lo que hacemos ante auditorios y públicos. Y sin embargo en la suspensión de todo eso tenemos que buscar la salida por otras líneas (no solamente virtuales) Hay que experimentar aún más la infinita gama de estados y de potencias que, dice Deleuze siguiendo a Spinoza, un cuerpo puede. El colectivo cruza un puente y desde la altura veo una terraza y en ella  a un grupo de personas que está reunida alrededor de una mesa, parece ser el fin de un asado. Algo que inevitablemente me recuerda las novelas de Juan Jose Saer. Cuando llegué a la estación de Lomas ví que pasaba un tren en cinco pero que no paraba en la estación. Todo parecía parte de una película de ciencia-ficción argentina del tipo “Lo que vendra” (donde Charly García hace de enfermero) Recordé que unos años atrás hicimos una performance con Klaudia con K en ese edificio enorme que está al lado de la estación, un festival de bandas. El edificio es una mutual con función social. Habíamos montado una instalación con muchos papeles intervenidos y diferentes cosas colgadas y ahí hicimos performance. Reinaba en ese ambiente lo under y lo indie, una mezcla de varios humores. El edificio sigue teniendo orientación de género. Se ven cárteles que manifiestan diferentes luchas. Algunas de esas luchas las sostengo desde ese tiempo. No recapitulo. Esta etapa es urgente y no quiero subir al tren de nostalgia. En el andén hay una chica de pelo corto que fuma, seria. Pasa el tren que no para. El que me llevará a Lanús pasa recién en 15 minutos. Althusser escribe que siempre se toma el tren del mundo en marcha. ¿Para los artistas este tren del 2020 no para? Me quiero poner a leer Imperceptible (un monólogo de Pavlovsky que estoy tratando de aprender) pero me quedo viendo a las personas del andén de enfrente. Veo la secuencia entre una pareja y una chica que realizan transacción, ella les da un par de zapatillas, las observan, él se las prueba en las escaleras. La chica le enseña una bolsa y la otra elige algo. Si el intercambio encuentra sus formas, el arte también ha de hallar los suyos. A mi alrededor las personas lucen circunspectas y graves. Es la máscara, el barbijo mental, ese aire grave que todos debemos lucir en el estado en el que vivimos. Al rato llega el tren. En el último momento arriva en otro andén, corro y atravieso en segundos el puente para llegar del otro lado, entro antes de que cierre la puerta. En un instante pasé pasa de la quietud a la velocidad. Lo que puede un cuerpo. Los pasajeros, casi todos solos, con diversos tapabocas, caras más o menos largas. Es la escena tanto tiempo esperada y temida, ya vista en la imaginación. La disfruto por un momento. Voy captando diferentes ondas de melancolía. Apoyado contra la ventana me dedico a mirar el paisaje.  Oigo el pregón del pan caliente (Sino está caliente, lo regalo) Otro vendedor enumera la lista de los implementos sanitarios que ofrece. Me bajo en Lanús quince minutos antes de la cita con Abril. Nunca había estado en Lanús pero quizá sí había pasado con el colectivo. Hay una gran avenida, muchas terminales de colectivos, me siento en un banco de metal, saco una banana, la pelo, corro el barbijo y empiezo a comer. Me siento un poco cansado. La intensidad del viaje me transfirió una especie de agotamiento nervioso. Lo antes común hoy resulta una pequeña odisea. Comer me da un poco de energía. No quiero parecer enfermo ni cansado ni bajo de energía cuando llegue Abril. Pero sí lo estoy ¿por qué disimularlo? Miro la esquina roja de la pizzería cerrada. Hay movimiento en la avenida. Caigo en la cuenta que pude llegar a este punto. Saboreo el logro y eso me insufla nuevos ánimos. Es un universo posible. Algunos minutos después de las cinco aparece Abril. Nos abrazamos y conversamos una media hora sentados en la terminal. Habitamos este momento. Esta cita es una duración por experimentar. Abril ha vuelto a la casa de sus padres desde hace unas semanas. La primera parte de la cuarentena la paso sola con su gata, hasta que no aguanto más y se vino. Está por ahora aquí donde nació y creció. Algo que meses antes le hubiese resultado insospechado. Pero ya está buscando habitación o compartir casa en Capital. Estos movimientos intermitentes también se irán dando en estos meses. Idas y venidas, avances y retrocesos. Hace una semana que deje de compartir la casa, fueron cinco meses de gran aprendizaje pero ahora prefiero estar solo. Le hago a Abril la psicosintésis de estos últimos meses. Nos vamos contando las cosas esenciales, recobrando la proximidad. Quedo enlazado por su mirada. Ese estado de encuentro galvaniza la tarde como un oasis en este desierto de la cuarentena. Este breve permanecer juntos va más allá del celular: es una producción de afecto. Así vamos elaborando con intensidad este momento. La terminal nos ofrece un estado de encuentro, no un telón de fondo, sino un trasfondo mutante. Intermitente estado de circulación con unidades que pasan, paran, su flujo de ascenso y descenso de pasajeros e instantáneas partidas. Hay que ser como una línea de transporte, dice Deleuze. Al rato nos despedimos, regreso a casa, desandando el camino, ya no escribo, solo miro el paisaje, el atardecer naranja vibrante, las formas que cobra el volver.  El arte es un estado de encuentro.

Ezequiel Romero

Mayo-Junio 2020

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