Jacques Rancière en Valparaíso: “El centro de mi reflexión nunca fue la falta, sino la exclusión”

La semana pasada, el filosofo francés Jacques Rancière estuvo en Valparaíso, Chile, en una visita que tuvo como principal objetivo recibir la investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de la ciudad. En ese marco dictó una serie de conferencias que giraron, como su obra en general, alrededor de dos ejes fundamentales, política y estética. Nuestro corresponsal, Matías Ávalos, nos comparte una completísima cobertura de su estadía en Chile.

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Las actividades comenzaron el lunes con la presentación de “Reflexiones con Jacques Rancière” libro editado por el sello Editorial UV (Universidad de Valparaíso) en el que, además de un ensayo del filósofo, se encuentran reunidos diversos textos de intelectuales locales al rededor de la obra del pensador francés “donde piensan a Rancière y con Rancière”. Al día siguiente, en el aula magna de la Escuela de Derecho de la Universidad de Valparaíso, el filósofo dictó una conferencia que llamó “El tiempo de los no vencidos. Tiempo, ficción, política”. Comenzó con un breve recorrido por la evolución de la ficción apoyándose en “Mimesis” de Erich Auerbach, pero haciendo hincapié fundamentalmente en un concepto que dará sentido al nombre de la conferencia: la ocupación del tiempo por parte de los hombres. Auerbach (o la perspectiva historicista de la literatura) le sirve a Rancière para mostrar la actitud clásica de los hombres ante el tiempo, una actitud activa, heroica, de acción; acción de la que eran capaces unos pocos, el resto, los pasivos, eran excluidos de la historia.

Del noveno capítulo de la Poética de Aristóteles extrae la idea de que la poesía dice cómo pueden ocurrir las cosas a diferencia de la historia que solo dice qué pasó. El tiempo aristotélico era un tiempo de los fines en el que los hombres que podían la acción eran pocos, los pasivos no podían. Existía entonces una temporalidad sobre otra.  Marx, en su ciencia de la historia, no se propone el mero análisis sino que se compone sobre todo de postulados para la creación de un tiempo, es también una temporalidad sobre otra (proletariado sobre burguesía) y en ese sentido es aristotélica.

Virginia Woolf, en sus largas e “improductivas” descripciones, la inclusión de personajes que cambian de vida y entonces cambian de tiempo (la hija del campesino, que al irse a la ciudad, cambia el tiempo del trabajo por uno distinto), permite pensar que en ésta época (la de Woolf) “el realismo no puede representar al hombre sin pensar la situación global”. Aparece un tiempo o una ocupación del tiempo hasta ahora inéditos en la historia de la ficción, “un tiempo sin fines ni causas”. “Lo que ocurre de relevante en Woolf es poner el acento en las circunstancias para que se terminen en sí mismas”, en tanto los “momentos cualquiera” contienen las cosas elementales que los hombres tienen en común, y la ficción sirve, en este caso, para vincular esos momentos cualquiera entre sí. Las descripciones minuciosas del todo alrededor de campesinos y excluidos por excelencia, no son otra cosa que “pasar a ser el tejido mismo por el cual se conectan los hombres”.

En “El ruido y la furia” de Faulkner, novela inspirada en el pasaje de Macbeth que dice (cita textual) “La vida no es sino una sombra pasajera, un pobre actor que se contonea y consume su hora en la escena, y luego no se le escucha más. Es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, y que nada significa.”, se puede distinguir claramente dos tipos de tiempo y el lugar que tiene el excluido, el idiota (Benjy), para ésta novela. La novela, según Rancière, se ubica entre la estupidez de la falta de sentido y la locura del exceso de sentido. Benjy (el idiota) pertenece a los excluidos, a los que le es imposible hablar, el escritor “le presta al que no habla otro mutismo, la escritura”. Jason (el razonable que no confunde los tiempos) es la representación de los hombres activos.

Walter Benjamin en su octava tesis de filosofía de la historia, que escribió poco antes de morir, afirma “La tradición de los oprimidos nos enseña que ‘el estado de excepción’ en el cual vivimos es la regla. Debemos adherir a un concepto de historia que se corresponda con este hecho”; mostrando mediante la palabra que efectivamente hay dos tiempos pero que no es realidad contra ficción sino ficción contra ficción. Que el orden dominante es el que tiene un tiempo común, globalizado, y es el que excluye más y más a los que no entran en ese tiempo global. “Frente a esta situación hemos visto reunirse a miles de personas en plazas al rededor de todo el mundo, que constituyen un tiempo común y que a su vez no tiene que ver con el tiempo de flujos de capital… hay que volver a pensar la tradición de los oprimidos”. Una tradición que Rancière prefiere llamar de emancipación, prefiere denominar a ese tiempo común el tiempo de los no vencidos.

Terminada la conferencia, se abren las preguntas. ¿Cómo entiende el discurso de la emancipación, para que ese discurso no se vuelva a su vez dominante?, pregunta alguien del público, mientras Rancière lo mira atentamente y se sostiene el auricular de la traducción. “Pensamos al tiempo de los no vencidos como ruptura constante con lo dominante, el tiempo de la emancipación no podría tener esta forma dominante actual ya que es ruptura, entonces no hay una respuesta clara a su pregunta, porque lo que se opone a lo dominante es fragmentado, ojalá pudiera hacer una síntesis, (dice y se sonríe) pero no hay una alternativa única. Mi trabajo fue poner en relación componentes que no tenían una relación a priori. Propongo que, como tenemos pedazos de experiencias, intentemos unir estos fragmentos para generar un tiempo de emancipación”. ¿Usted cuestiona la idea de progreso? Dice un señor mayor sentado al final del auditorio, “Es complejo por lo que el progreso propone: mejoras en la calidad de vida de mayorías de personas. Pero finalmente el progreso es consecuente con el tiempo de los flujos de capitales y la economía de mercado, entonces también excluye (a gente que reclama un salario digno, educación y salud pública, etc).

“El centro de mi reflexión nunca fue la falta sino la exclusión”. Ésto a propósito de una pregunta que lo relaciona con Lacan. ¿Por qué ilustra sus conceptos con literatura y no con cine? Pregunta un joven de la escuela de cine (seguramente) “porque debería usar proyecciones y sería una porción extra de aburrimiento” dice y se ríe, y luego continúa, “ de todas formas trabajo con películas en donde los perdidos, por ejemplo en Pedro Costa, pasan a ser jueces de nuestro mundo, o como el caso de Béla Tarr en donde se genera un tiempo propio para burlarse de los burlones”. ¿Organización política de los no vencidos? “Si tuviese la respuesta a tu pregunta ya hubiese formado una organización que haga lo que tienen que hacer (risas) pero tenemos ejemplos, situaciones gloriosas donde los tiempos riman y el tiempo de los no vencidos coincide por ejemplo con el Estado, hay tiempos que vienen de lugares alternativos y logran rimar. Valparaíso tiene un alcalde independiente, por citar un ejemplo.

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Aplausos, la multitud se abalanza sobre el escenario para hacerse firmar los libros que compraron en la entrada, el filósofo, sonriente, firma todos los que le llegan. Esa misma tarde, en el teatro del Parque Cultural Valparaíso, Rancière presentó “Las armonías de Werckmeister” (2002), del cineasta húngaro Béla Tarr. “Elegí esta película porque vivimos en un mundo de democracia consensuada que excluye, donde el brillo prometido por el comunismo es imposible, y Béla Tarr elige ese contexto para construir sus dos mayores films”, de este modo comienza la presentación traducida por Adolfo Vera, Doctor en Filosofía por la Universidad de París VIII (Francia), Director de la Carrera de Pedagogía en Filosofía de la Universidad de Valparaíso y unos de los responsables de la visita de Rancière. En Satantango (versión fílmica de la novela de Lazlo Kraznahorkai que lleva el mismo nombre), el cineasta hace una regresión en el tiempo y muestra un comunismo original en una granja colectiva y su posterior fracaso, una especie de escala de la situación que vivía Hungría en ese momento. Y luego en “Las armonías de Werckmeister” presenta las nuevas manipulaciones de los cuerpos donde se muestra fundamentalmente la llamada doctrina securitaria (Cartografías de criminalidad, sensación de inseguridad, policía de proximidad, Agente Mediador, Oficinas de Atención al Ciudadano, poda de arbustos criminógenos, Patrullaje Preventivo que modifican la actitud de los ciudadanos, explotando la paranoia).

Béla Tarr es un director materialista que muestra la desilusión post comunista con los elementos que tiene el cine. La puesta en escena de la desesperación, la amargura, la oscuridad). Rancière destaca sobre todo el orden y la falta de ira o expresividad de la masa y cómo luego de la destrucción del hospital y a partir de la aparición del frágil anciano, se vuelven individuos. El corazón de este materialismo es el tiempo, tiempo medido por los afectos. Los personajes son personas que esperan, que esperan dos cosas: la repetición y lo nuevo. Lo segundo siempre surgido de lo primero. La tensión que ubica el filósofo en la obra del cineasta es una que opera en dos ámbitos: lo sensible y la intriga. Béla Tarr toma la obra de Kraznahorkai porque el novelista escribe sobre personas que son manipuladas, movidas por poderosos, lo que le interesa al director es justamente que se mueven, es el poder del movimiento. Tarr transforma a los cretinos de Kraznahorkai en idiotas (la figura del cartero obsesionado con el universo y los astros). Por ejemplo, en la primera escena, Valushka (el cartero) muestra cómo un movimiento se transforma en otro movimiento. Transforma la negatividad del novelista en positividad a partir de los movimientos, de la belleza. A esto Rancière llama justicia poética, el movimiento a través del cual se muestra el tiempo de los no vencidos.

Agradece la concurrencia, se pone de pie y sale entre aplausos con una sonrisa que conserva la prosa de la timidez. La película empieza a rodar y todos nos quedamos con la sensación de que continúan habiendo pistas para encontrar lo común a pesar de tanto infierno.

Por Matías Ávalos

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