La diputada Perritos. Por Noelia González

Esta perra puta está embarazada de nuevo, Estela. Yo pensé que estaba gorda. Hace un par de meses le cambié el alimento y vi que andaba más pesaba. Que se acostumbre me dije. Yo hace un mes que estoy a arroz y lenteja. El médico me dijo. No bajé ni medio kilo. Y ésta con las tetas hinchadas como para alimentar a un regimiento. ¡Qué hago, Estela! El barrio está lleno de caniches. Todo el mundo quiere caniches. Qué perros de mierda. Pero son prácticos, ¿viste?, como una cartera. La gente se los pone abajo del brazo, los llevan todo el día de acá para allá, como hacía mi papá con el diario. Pero cómo rompen los huevos. Perdón, Estela, los ovarios; ese ladrido agudo de trastornado, perro de vieja chota, Estela. Lo pisás sin querer y lo matás, y encima de que perdés el perro, perdés plata, Estela, porque la gente gasta la plata que no tiene en perros, ¿entendés? En vez de adoptar alguno de la calle o llevarse mis cuquitos… Esa vez la pifié: al cartel de “se regalan perritos” le agregué las fotos. Idea de los pibes, por querer hacerme la moderna, ¿te pensás que alguien me tocó las manos? Recién nacidos estaban. Parecían ratas.

Esperé una semana. Llené un balde y los ahogué uno por uno. Nadie los quería, Estela. Eran más feos que la mierda. Esta Cuquita atorranta… ¿te acordás cuando  apareció en la puerta de casa? Ya era feita en ese entonces, pero me miró con los ojitos en medialuna, ¿viste? como mis pibes cuando me piden milanesas…. Ay, mirá, no me hagás acordar, pataleaban, pataleaban hasta que no aguantaban más y se hundían, yo no los podía ni tocar, ¡ni los miraba!, al primero sí para saber cuánto tardaba. EN MORIRSE, ESTELA, ¿no ves que me hace mal? Tiraba el agua del balde contra los malvones, con perro y todo. Siete había tenido la hija de puta. ¿Podés creer que le importó tres carajos que se los matara?  Hasta parecía que andaba contenta la muy puta. Pensaría, esta me deja sin hijos y yo sigo de putarraca, minga, la tengo encerrada desde entonces. Y a la primera de cambio, saracatunga, se deja agarrar. ¿Y a quién le voy a decir? A Andrés.  Ese pibe no siente nada, la vida le pasa por al lado y ni se entera que tiene las bolas peludas. ¿Podés creer que hasta los examinaba antes de meterlos en la bolsa? ¡Qué pibe asqueroso! Tuve que volar al baño del asco.

No quiero llegar a eso de nuevo,  Estela, yo tengo sentimientos. Me duele verla así, aunque decime la verdad, se pudo haber resistido, ¿no? La tendrías que haber visto. Yo llegaba de hacer los mandados y había tres perros queriéndosela montar contra el cerquito de casa. Ella levantaba la cola que parecía que quería que se la metieran por el ano. Ay, Estela, mirá lo que me hacés decir. Que no te miento, me miraba con el culo la perra. Pero qué querés, ¿qué hacés si llegás a tu casa y encontrás a tu hija así?  Es lo mismo Estela, mis perras son las hijas que no tuve. Estos dos zánganos que se dicen hijos no sirven para nada. Pero sí, Estela, si están en plena edad del pavo. Pará que te termino de contar: dos de los perros con la lengua afuera, como diciendo llegaste tarde, boluda. El otro tratando de embocársela a través de los barrotes ¡De la reja, Estela! ¿Podés creer? La calentura sobrepasa los límites de lo posible. Empecé a los gritos y a revolearles lo que tenía en las bolsas. Qué sé yo, la latas de arvejas. No sabés cómo quedaron, después no las pude abrir. Justo por la vereda de enfrente pasaba la loca del carrito. Siempre sucia. Siempre hablando sola. Así que no le di bolilla. Pero de repente desde enfrente me empieza a putear, ¡Eran los perros de ella! Perros de la calle, perros de ella, ¿Qué diferencia hay?¿Qué latas? Ah, las tuve que tirar a la mierda. Yo compro las Inca porque el chino las tiene baratas, hace mil años que las tiene de oferta. Yo por las dudas les tiro unas gotitas de lavandina con agua y después las enjuago, un día me olvidé de enjuagarlas, los pibes ni se enteraron. Ese día me tomé un litro de leche en una hora.  Y me dolía la panza. Somaticé lo de la Cuqui. Fue una señal. Qué sé yo, no la llevé a sacarse una ecografía, Estela, seis o siete como la otra vez. ¿Sigue siendo amigo de tus hijas el pibe veterinario? Está bueno para la Gabi, ¿no pasó nada ahí? Qué va a ser chiquita, Estela. Bueno, bueno, ¿me lo pasás? Pero qué le digo ¿que la castre? Va a ver los perritos adentro ¿Qué va a decir? A las perras cuando se embarazan no las llevás a abortar, regalás los perritos. Como hacía Eva ¿te acordás? Quince años tenía cuando parió al primero. A esa edad nosotras jugábamos a las muñecas. Qué boludas que éramos, Estela. Sí, inocentemente boludas. Y Eva, bueno. Así le fue. El escrache hizo que se fuera. No, no, SE REGALAN BEBITOS, le habían escrito en rojo, con pintura sintética. Una hijaputez. Los pibes hacían fila en la vereda, no por linda, claro. Una atorranta como la cuca. Una generación arruinada, salvo nosotras, claro. No dejó títere con cabeza. Igual para lo que había… una manga de sarnosos pelagatos muertos de hambre, y encima pelotudos. Pobre la madre, el papelón, la vergüenza. Ese día mi mamá me había mandado al almacén. Dánica Dorada me decía Don Julio, pero tengo 15, le decía yo. Y qué sé yo, Estela, porque tenía dos colitas, el pelo rubio y cara de pelotuda. El viejo me daba el pan y se cagaba de risa. Viejo verde hijo de puta. Cuando salgo, ahí estaba la pobre mujer. El barrio se había llenado de olor a aguarrás. Meta refregar letra por letra. Qué impresión me dio verla. Parecía que tenía las manos llenas de sangre. 

Bueno, che, basta de cháchara, pasame el número del nene este, ¿cómo se llama? ¿Esteban? ¿Se apellida Quito? ¿Esteban Quito? Es un chiste, Estela, reíte un poco. Pareciera que la embarazada fueras vos. Mirá, ya sé lo que voy a hacer, voy a ir con la perra. Me hago la boluda como que la veo mal, triste, que no come, que sé yo, y que un día se hinchó de repente, si me pregunta cuándo le digo que ayer. El pibe es un amoroso, va a pensar que soy una vieja pelotuda pero me va a hacer el favor, ¿me entendés? ¿Qué decís? Cuando me diga que está embarazada, me pongo a llorar a moco tendido y si el pibe no siente un mínimo de pena, claramente a la Gabi no le conviene. Ah, ya tiene novio. ¿No era que era chiquita? Sos brava, Estela, ¿eh? ¿Cómo puede ser que no me contaste? ¿Y qué tal el pibe? ¿Desde cuándo sos tan respetuosa de la vida privada de tus hijas? Ay, bueno, tampoco para que te enojes así, Estela, se te van a hacer más profundas las arrugas, déjate de joder. Pero bueno, ¿qué opinás? ¡Vos estás loca! ¿Cómo le voy a pedir semejante cosa? Van a venir los de Greenpeace… qué sé yo, los defensores/protectores de animales, esos pibes que no encontraron una vocación en la vida y le vienen a romper los huevos a uno. A una, sí, los ovarios, claro, Estela.   

Ay, qué alivio. ¿Y sabés qué? Con esto me siento de nuevo a la moda. Claro, nena. ¿No sabés que está de moda abortar? ¿Pero qué hiciste con la tele de 29 que tenías en el living? ¿No mirás las noticias, Estela? ¿Cómo te enterás de lo que pasa en el mundo? Vivís en un termo, con los tiempos que corren, sos un peligro… ¿Qué? ¿Facebook? ¿Vos tenés Facebook, Estela?  No, qué voy a tener Facebook, eso es para la gente joven que anda al pedo. Pero entonces viste que están de moda. ¡LOS ABORTOS, Estela, como los caniches! ¿No te enteraste?

¿Estela?      ¿Hola?

*En una juntada con amigxs, post partido de Argentina, pensábamos que algunas de las frases pronunciadas por los diputadxs durante el debate por la legalización del aborto, podrían funcionar como consignas disparadoras de un taller de escritura creativa. Mercado negro de cerebro de fetos, plantas y perras que no abortan, tours abortivos…En ese plan Noelia Gonzalez escribió este cuento inspirado en “A las perras cuando se embarazan no las hacen abortar”. Texto leído en la feria DESINFLA #7. 

Por Noelia González