Las minas desactivadas

Pareciera que las peligrosas minas que como espectadores teníamos que sortear, estaban desactivadas de antemano: en la obra Campo Minado de Lola Arias todo se transforma en un gran espectáculo, un uso excesivo de la anécdota personal que busca sensibilizar y pierde de vista una perspectiva histórica conjunta de la guerra, donde no “hay minas”. ¿No será ésta la obra que quiere ver el progresismo: Malvinas como una guerra terminada, sin drama, sin conflicto, y sin minas (las mujeres, nuevamente, ausentes del relato histórico)? Por Guillermo Sotello

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Hace unas semanas fui a ver Campo minado de la artista argentina Lola Arias. Estaba todo agotado, pero llegué hora y media antes e hice la cola de los sin entrada al lado del arbolito (en Argentina es una entidad de la ecología financiera), y logré entrar. Mi vida después (2007), obra de la misma autora, trabajaba con seis actores nacidos en la década del setenta y principios del ochenta, quienes reconstruían la juventud de sus padres a partir de fotos, cartas, cintas, ropa usada, relatos, recuerdos borrados.

En Campo minado, quienes están en escena son los testigos reales del suceso. Si bien no se trata de algo que no se haya hecho en el teatro documental, trabajar con veteranos de Malvinas y con los temidos gurkas, moviliza la fantasía del argentino.  ¡Soldados ingleses y argentinos compartiendo escenario!, éxito en el teatro Royal Curt de Inglaterra, gira por Chile, Alemania y Francia. La obra se presenta, desde su comunicación, de forma muy acertada y convocante.

descarga-20Una vez iniciada la obra, los sobrevivientes se convierten en actores que podemos observar con impunidad, aunque no esté permitido hacerles preguntas. Malvinas fue una guerra al viejo estilo digamos, las trincheras de la Primera Guerra Mundial, con mucho cuerpo a cuerpo. Frente a mí desfilaron, escena tras escena, el remake de la guerra en orden cronológico, con procedimientos narrativos y escénicos (muchos ya extenuados en la primera década del dos mil) y un gran apoyo de recursos tecnológicos. Trabajar con soldados sobrevivientes de una guerra, pareciera que no habría sido suficiente para transformar la dramaturgia y procedimientos teatrales de anteriores obras. Si todo lo que vi me hizo pensar en un cliché narrativo, es porque estuve ante un cliché visual que hizo que la poética mermara hacia lo ya reproducido tantas veces de Malvinas en todos estos años.

Quien menos protagonismo tiene es el simpático nepalés, gurka, salvo cuando realiza un baile de la muerte con su krilic. ¿Cómo hubiera sido esta obra si la guerra nos hubiera sido contada desde su punto de vista? Al nepalés lo veo viejo, lo veo haciendo su baile, lo veo representando una decisión de la autora que sabe administrarnos piezas de turismo visual, nos invita a animarnos a atravesar la fantasía del salvaje y lo salvaje (la guerra), con la distancia de la representación. Por el contrario, se pone interesante cuando podemos ver todos los lugares donde el nepalés vivió después de la guerra, trabajando de vigilancia o seguridad en los países que la monopolizan y -entre otros- financian esta obra. En la lógica de la guerra, y su paranoia, esta obra sería una nueva astucia pirata: producir una obra de una autora argentina -cuya imaginación ya piensa y come en euros- con soldados argentinos, británicos y gurkas, para mostrar que hoy la guerra de Malvinas es una bella representación, donde nuestras facultades de imaginación y entendimiento pueden entrar en armonía. Una obra de teatro resuelve el problema de soberanía.

Hay quienes consideran que el dolor es uno de los últimos bastiones capaces de enfrentar al capitalismo. En la obra, el dolor real está dibujado en la trama de la narración, no se desenlaza, está calculado en sus dosis justas de sensibilización y soportabilidad. Y está justificado porque, en ambos bandos, el argentino y el británico, se ofrece al tercero que da sentido y fundamento a su mutuo exterminio: la idea de Patria. La madre Patria, ese tercero que sirve de garante para los bandos (que se unifican todo el tiempo en la obra en una única banda de sonido, donde la guerra se representa con amplificadores) es una construcción nacionalista que en la obra no se revisa, y que permite la hermandad entre los soldados, y códigos compartidos. Revisar esa idea de patria, hubiera sido haber encontrado un buen problema, desacuerdo. O, por ejemplo, revisar esa idea de Patria con esta otra nueva significación de patria realizada por la discursividad kirchnerista: “la patria es el Otro”.

¿Un cierre del duelo? Pareciera que la obra necesita que Malvinas descanse en paz, que sus combatientes toquen una de los Beatles todos juntos como cualquier final de concierto a beneficio. U2 y su forma de evadir impuestos. Comparten el imaginario histórico, Los Beatles, es cierto; pero la desdiferenciación de los bandos en una banda, no sólo no permite entender cómo es que pudo y puede darse una guerra, sino que evidencia que en democracia la guerra sólo puede representarse falsamente: en términos de igualdad y representación. La guerra donde había enemigos era aquella que se libraba años antes, donde había una vida de izquierda posible. No ésta, donde Los Beatles como mercancía, pareciera que ya habían triunfado. Esta reconciliación la trae un espectáculo que no pone en común la actualidad de images-16Malvinas (el tratamiento que el Estado le dio a los veteranos, el impedimento de identificar a los restos de solados argentinos que están en la isla, la opinión de los isleños del lugar). Y, sobre todo, a la incorporación del lugar de enunciación de la mujer en el relato hegemónico de Malvinas, riesgo que la autora no toma y serviría para pensar políticamente Malvinas con nuestro presente, donde hay #Niunamenos y minas activas. En cambio, al igual que con Mi vida después, se aborda un conflicto -de actualidad en los medios y diarios, astucia de la autora-, sin ponerlo en conflicto con el presente, o sea, desdramatizándolo.

Por Guillermo Sotello

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