“Lo que quiero es que me reconozcan los servicios”. Una lectura de La Confusión, el último libro de Manuel Alemián

A Manuel lo leo porque le creo todo lo que escribe. Hace poco trajo su último libro a la librería de la Sede. Se llama La confusión, lo publicó este año la editorial Letra Viva. Son relatos breves, treinta en total, y está seguido de Diario de un limbo mental. El último diario que leí fue el año pasado: el Diario de Alejandro Rubio en Palabras Amarillas, cuyas entradas suceden todas el mismo día, no conté cuántas eran. Las del libro de Manuel sí las conté, porque me hizo acordar a dos cosas: a una teoría de la escritura como contabilidad, y a mi primer trabajo como profesor de teatro, que estaba dirigido a pacientes psiquiátricos del hospital de día en el Hospital de Clínicas. Los dos libros, el de Alejandro y el de Manuel, son muy mentales. Por personas como ellos, a veces pienso que La Sede, en realidad, es un hospital de día. Los dos libros muy mentales, con mentalidades distintas, pero mentes que tienen la capacidad, por haber perdido la medida, de contabilizar y registrar milimétricamente el afuera. Nada de interioridad, ni lujos de decoración de interiores en su escritura, están afuera, en la cosa, ambos.

Escribe por necesidad quien perdió la medida general de las cosas, porque escribir es una forma de calibrar, ya no un patrón común, sino una medida en las cosas, entre las cosas y sus relaciones. Parte desde la cosa que somos, que sentimos, “el coso que llevo adentro”. Se trata entonces de un autotratamiento: inventar formas o piruetas para alcanzar universales, partiendo de particulares concretos, a mano, en relaciones inéditas -luego publicadas-, que logren ponerle cifra a la propia desmesura.

¿Qué es lo que cuenta a la hora de contar? “En el Servicio, al día de la fecha, hay veintiocho internos. Se reparten en una habitación de diez camas, dos de cuatro, una de tres, tres de dos y una de una”. Cuentan los internos también -todos con nombre propio-, que paradójicamente carecen de interioridad, excepto aquella que consisten las pastas y el humo de los cigarrillos. No casualmente Jesús, uno de ellos, se comió media bolsa de yeso en su intento de suicidio. El problema de medida se transforma en otro problema de medida: Jesús es tan cariñoso que habla muy de cerca, cara cara, y su aliento “fétido” del enyesado es insoportable. Todos se le escapan. Nada se resuelve. Lo que tienen los internos en común es que todos ejercen un demasiado: demasiado poco (no hablan, o tienen hilitos de pensamiento como los personajes de Beckett), o demasiado mucho (y aquí los ejemplos abundan). Los trescientos metros de pedregullo y asfalto viejo y roto que recorrió Juan de rodillas desde la cantina hasta la capilla. Las veces que uno le pegó al padre. Cuánto le gusta la psiquiatra. Solicitantes descolocados que piden infinitos cigarrillos -“Pide uno, y si le dan, manguea otro”-, reconocimiento, la salida, curarse.

“La confusión” es también el título de uno de los relatos -el que tiene la mayor cifra de transformaciones-; pero, si hay algo que se salva de la confusión en este libro, es la escritura. Es simple, de lo más simple, fácil de seguir y llevar. Porque, más que breves, los relatos son veloces, rapidísimos, turismo carretera textual. Tienen el ritmo de las cosas sin propiedad, pasan rápido de una vuelta a otra del circuito: zapatillas, cigarrillos, yerba, ropa, flores. Dentro del Servicio, Admisión, reunión de Convivencia, Limpieza, Talleres, la Leche, Dirección, Enfermería, que son órdenes mayores, las cosas viven sin la sustancia del dueño, sin sujeto o subjectum, ni moralidad, en un juego sin causalidad ni teleología. Y, al mismo tiempo, sin medida dineraria, que oficie de tercero y regule los intercambios y la posibilidad de sus transformaciones. Cuando no hay tercero, se enloquece lo imaginario o mundo especular que garantiza la posibilidad de reflejarse. No hay espejos ni dobles, hay dúos, dos en uno, demonios cómicos. No es posible la conciencia, ese esfuerzo y cadena. Su estado es mental, un limbo, entre la vida y la muerte, y lo único que pretende es una vida más, quiere sobrevivir. Porque Manuel es cómico, huye del destino, corre en su Chevy a las chapas, a lo Juan Manuel Alemián Fangio, al ritmo precipitado de las cosas. Se le puede salir la cadena y vuelve a engancharla a través de la escritura o un dibujo.

¿Qué es lo que no son estos relatos breves? Cómic, viñetas. Si hubiera estado con todo su humor, Manuel hubiera hecho eso, imagino. Porque el humor es un trabajo constante con el peso, y su exigencia es permanecer liviano, no ser pesado. Por eso es preciso que se desplace la carga, que se mueva de un lado para otro, para que al final seamos todos inocentes. No quiere cargar con todo el peso del mundo, ni tener razón con el precio de pagarla con la propia vida como el trágico. Pero eso pertenece a otra teoría, la de la comedia. Estos recuadros textuales de un cuadro clínico, no son un cómic, pero Manuel encontró la imagen perfecta para la tapa. Alguien le habla a otro, y dentro de la nube de diálogo, formula un cuadrado. Su interlocutor, en su nube, piensa en un círculo. No hay diálogo, hay malentendido y contradicción.

En fin…

 

Por Marcos Perearnau