Lo que dura un disco duro. Por Princesa Wi-fi

??/5/2018, 9:48 a.m. Princesa Wi Fi reportándose. La tardanza es justificada en tanto casi me pierdo, mi cuerpo ha sido comprometido. Yo mism_ he de vivir una transmutación. No es grave, podría ser una oportunidad. Hablar de mi es irrelevante, pero fue el #Seguimiento al Museo La Ene (Nuevo Museo Energía de Arte Contemporáneo) lo que me ha modificado. La institución como la conocemos ha dejado de existir. Se ha vuelto cápsulas de píxeles emplazadas en el territorio de la Internet, fugándose junto con su colección, buscando refugio del violento mundo material.

Cuenta la leyenda, según mis informantes, que en una conferencia de índole snob y un tanto puritana en los años 2000, esas reuniones semi-burguesas donde se habla mucho sobre los diagnósticos del arte en el mundo, un curador machista se burló de un grupo de jóvenes muy parecidos a los protagonistas de The Dreamers, película de Bernardo Bertolucci. El curador afirmó que en Argentina no había un museo de arte contemporáneo y ese comentario que tenía la intención de chiste malicioso se transformó en un decreto fundador. Los soñadores ahora tenían un objetivo: crear una institución propia que diera cuenta de la mala salud que a veces generan los museos y las galerías oficiales, definir un panorama de producción artística local y hacer materia sensible esa rareza llamada producción alternativa, ese juego cercano al límite de los asentamientos obligatorios donde el arte si o si es mercenario y presa. (Se nota en el tipo de escritura intensa que soy otr_. La transmutacion toma control de mi piel, a pesar de esto no puedo distraerme, he de continuar…)

Museo La Ene, o solo La Ene, como si fuera una mujer que todos conocen, aparece en el 2010, en el patio del Liceo, un lugar extraño con intereses cercanos a la Quinta Avenida pero un poco más prolijo. Mucho personaje, mucho artista y el afecto que desencadenaba una serie de exhibiciones que modificarían las nociones de gestión y los dispositivos curatoriales. Cuarto pequeño o laboratorio educativo ampliado que durante mucho tiempo fue blanco de la indiferencia de historiadores de arte y estudiantes pesimistas con la idea de un museo que no tuviera un patrimonio material, si es que alguno todavía tiene certezas de lo que es la materia. La institución subrayaba los problemas existenciales de la noción de patrimonio y en un lugar secreto guardaba un disco duro con diferentes obras digitales donadas por artistas nacionales e internacionales. Para cada exhibición las obras eran reconstruidas según el criterios de los soñadores en consonancia con el lugar que albergará el proyecto. El dinero o la ausencia de tal era un factor importante, no confundir con un obstáculo.

Su última sede tuvo lugar en unas oficinas de la calle Esmeralda. Otro fragmento de la leyenda cuenta que siempre que se sucedían las exhibiciones, alguien tenía que hacer guardia abajo para abrir el portón a los visitantes. Pero más importante aún son los otros fragmentos, los que dan cuenta de una intención de habilitar un lugar a esos artistas raritos que eran muy vagos o que no poseían los recursos para que su obra circule en un terreno fértil. También fue una excusa para hacer amigos, no hace falta ser un eruditx para saber que las personas interesadas genuinamente en el arte son entidades muy solitarias. Residencias para artistas sudamericanos y de otras partes del mundo fueron claves para repensar, lamentablemente no transformar, un panorama cada vez más caníbal y feroz donde las individualidades y los proyectos enlatados parecieran estar ganando la batalla. Este contexto desigual terminó por agotar a los soñadores, la institución se encontró encerrada en el propio laberinto que había construido. La necesidad de gestionar, gestionar por gestionar o hacer un auto llamado de atención y parar, poder volver a observar sin el tic-tac que impone el hacer.

Ahora esa nueva energía transmuta, deja de ser ladrillo que cambia de color con cada muestra y se vuelve una huella en el injusto comentario de la historia del arte. La Ene es un cangrejo que decidió cambiar su piel o la serpiente que se devora a sí misma. Una breve nota al pie: por el Museo La Ene deambularon artistas consagradxs, novatxs con ilusiones, gente que abandonó el camino del arte, lxs mismos astutxs arribistas de siempre, lxs lamebotas, lxs historiadores de arte sensibles y maricas, lxs machistas, feministas, mecenas, freaks, falsos freaks, licenciadxs, gente que se gana la vida arreglando computadoras, pasaron muertos y vivos que construyeron un extenso diálogo sobre las diferente formas en las que se manifiesta el arte dentro del círculo artístico y en el otro, el círculo menos artificial: el cotidiano. Según mis cálculos el 80 % de las personas que acabo de mencionar brilló por su ausencia el día en que el museo comenzó su transmutación el pasado 7 de Abril. A veces los fantasmas que supieron nutrirse de una gran iniciativa suelen ser los más injustos.

Cierre del informe. Cansancio absoluto. Letras dispares o abstracciones en el aire. La piel porosa está cambiando, mis dedos se vuelven gelatina ¿Hacia donde estoy yendo? ¿Habrá otr_s agentes de la Side? prometo otro informe. Cambio y fuera.

En constante cambio, Princesa WiFi.