Mariposas emprendedoras y carcomas con hambre

En esa parte de la naturaleza más fántástica y más difícil de explotar que son los insectos, a diferencia de los animales y las plantas, se distinguen unos lepidópteros de cuerpo delgado con alas anchas y débiles, ciertas mariposas digamos, cuyas orugas simulan el aspecto de las ramas de los árboles. A esta mariposa nocturna se la conoce como falena, y es el nombre que lleva una librería abierta hace pocos años, ubicada en una esquina del barrio de Chacarita.

Acodada en la intersección entre Charlone y Santos Dumont, la librería ocupa una casa de barrio entera. Su puerta, sin embargo, apenas se advierte en una de las paredes laterales tapiadas, que exhiben un cuidado ladrillo a la vista. Habitual estrategia burguesa de esconder el palacio interior con fachadas de abandono. Al sitio se accede a través de guiños de clase, como una reseña de la revista Vogue de Paris, donde se orienta a la sensibilidad francesa recién desembarcada en suelo porteño, con recomendaciones de sitios que han sabido conservarse como “a descubrir”. Una panadería o boulangerie, un jardín -el Rosedal-, un bodegón, un taller, un bistro, y por supuesto, una librería a conquistar. Se supone que el representante de la cultura con mayúsculas que es un ciudadano francés, cuando abandona su país, busca reconocer su identidad en el espejo que otras culturas se esmeran por reflejar.

El inmueble perteneció al artista visual Leandro Erlich, quien también aparece mencionado en la nota de Vogue, pero como uno de los artistas de la galería a visitar, Ruth Benzacar, situada en su nueva ubicación a no muchas cuadras de la librería. Reconocido internacionalmente, Erlich se volvió más conocido en nuestras tierras en el año 2015 a raíz de la obra “La democracia del símbolo”, en la que mediante un sistema de paneles espejado le quitaba la punta al Obelisco. El pináculo fálico de la ciudad se exhibía en la entrada del museo MALBA, mientras en calle Corrientes el ícono porteño ideado por el arquitecto Prebisch permanecía decapitado. En sus obras interviene la ciudad a través de ilusiones ópticas generalmente desmontando grandes piezas edilicias. Se trata de un arte de diseño de exteriores, donde las casas desgajadas se complementan bien con el urbanismo veloz del flujo financiero y las starchitecture de los museos contemporáneos. Su contenido vacío es llenado con juegos especulares dirigidos al público de los museos, el turismo internacional, poblando con sus fotos las redes sociales.

En una nota periodística, la dueña de la librería se presenta como una licenciada en Matemática que trabajó como ejecutiva de una empresa durante muchos años. Allí afirma que “públicamente propiciamos un espacio de intimidad”. La intimidad como valor reclama el diseño de interiores, como el invierno llama al hogar a leña que enciende la librería en el mes de junio, mientras el Estado se ocupa del diseño de exteriores. Pero, volviendo a la afirmación, captura con maestría una doble operación de la política cultural oficial: la privatización del espacio público a través de un sistema de exclusiones (pago de entrada, limitación de localidades, pulseritas), y la vida pública llevada al interior de los hogares, como mostraban las escenas de la película Miss Mary de María Luisa Bemberg, donde lo político se jugaba dentro de los inmuebles aristocráticos. Del mismo modo lo artístico se da espontánea e íntimamente en salones y jardines, grandes cuadros a lo largo de las paredes del comedor, y son cifra de una cultura que a la oligarquía le pertenece por derecho propio y, a diferencia de los burgueses que precisan de un público, salas de teatro, etcétera, no deben buscarlo fuera de su hogar.

No es casual entonces que la nota se detenga más en los muebles que en los libros. Cómodos sillones, lámparas de cine, bibliotecas curvas, lo soñado de la terraza, aseguran la intimidad necesaria para el recogimiento y la caricia al individuo. Alejado de todo y a distancia del mundo, el lector puede encontrarse consigo mismo. La cultura es reconciliación: coincide con el momento del reposo y descanso, es decir, empieza cuando los problemas del mundo se acaban. La dueña de la librería reconoce que siempre se nutrió con el arte, sobre todo teatro y literatura, y que los libros la acompañaron toda la vida. Porque un libro es un objeto que queda bien -tanto a un mueble como a una persona-, la cultura es aquello que viste, decora, una personalidad, u otro nombre de la interioridad, el alma. El arte siempre puede caer en la decoración: vestir paredes y almas.

La cultura que florece en esta época es la del lujo. Por sus precios casi impagables los libros se han vuelto, para algunos, en un bien de joyería. Para otros, que llevan bien los números, los libros siguen siendo un buen acompañante del café o una copa de vino: complemento gastronómico o adorno de la personalidad. Mientras la mariposa noctura se dirige hacia la luz, las carcomas o polillas de libros que habitan bibliotecas henchidas de utopías y sueños de ascenso social, aguardan rabiosas papel bookcel fresco y cuentan con los dedos las páginas que se salvaron de las panzadas que supieron darse años atrás.