Tengo sueños recurrentes con una pareja creativa. Sueño con obras y museos donde ellxs me dirigen, o tomo un taller similar al que tomé en el verano en la calle. Me da un poco de pudor la claridad con la que inconscientemente se expresan mis ganas de trabajar con ellxs.  Una mezcla que incluye un poco de admiración y el toque erótico que me caracteriza. Entonces escribo este texto en vez de mandarles un mail como un desvío evidente de mis deseos.

En el primer sueño voy a una actividad que hacen en el Colon, voy llegando tarde y me pierdo por los pasillos del teatro. En los subsuelos marcas de carteras tienen sus talleres de costura, grandes espacios poblados de trabajadoras con barbijos que cosen y cosen mientras yo paso con cara de estoy perdida. En el recorrido me sorprendo de que esas oficinas estén destinadas a la producción de empresas privadas y no de vestuarios para obras. Recuerdo que todo el Teatro Colón alquiló sus espacios como oficinas y talleres para marcas: hacen zapatos caros, hay una librería y hasta un hotel subterráneo. Voy paseando entre cueros de colores buscando el taller de montaje, un poco apurada pero deteniéndome a mirar intentando que no me vean.
Cuando finalmente encuentro al grupo, están en una actividad y me sumo a improvisar por el espacio sin mucho problema, todavía pensando en todo lo que crucé hasta llegar ahí. Estamos en un hall donde hay cuadros y todo se parece un poco a los encuentros del verano pero en un lugar cerrado, con paredes de mármol. Nuestros bolsos apilados a un costado del salón, aplaudimos al final y quedamos en encontrarnos ahí mañana.

En el segundo sueño hay un edificio del tamaño de una manzana completa, todo vidriado. Es la Corporación de La Danza, un nuevo organismo estatal – multinacional donde formarte y trabajar. En su interior hay escaleras mecánicas para acceder a los diferentes pisos, con aulas que también tienen paredes transparentes en vidrio. Todo es de metal y vidrio, con luz blanca fría. Hay muchas personas, en su mayoría jóvenes, con el clásico peinado tirante en forma de rodete y medias de lycra en color rosa pálido. Todxs vamos vestidxs de negro como ejecutivxs de la danza. Yo entro con mi corte varonil y mi bolsito mientras me pregunto qué hago ahí a la vez que me alegro contradictoriamente de poder entrar.
Entre les estudiantes y trabajadorxs de la danza se distinguen unos hombres muy robustos, vestidos con sobretodo –negro- y un auricular característico de los guardaespaldas en las películas de Hollywood. Algo en su mirada vigilante me hiela la sangre y la incomodidad crece cuando veo que están literalmente en todos lados. Uno se me acerca y me pregunta en tono autoritario : -¿de qué vas a hacer la obra? ¿de qué se va a tratar la obra?-.  Yo no respondo pero él sigue:
-mirá que hay temas que no están buenos y podrían no darte la plata  o el permiso para hacerla, acá hay una lista de los temas que sí. Entonces, ¿de qué se va a tratar la obra? –insiste. Me meto en el baño donde veo la misma situación con otra persona. A nadie parece provocarle nada que estos sujetos recorran el lugar de ésta manera, nadie habla al respecto y mientras voy buscando miradas cómplices veo que nadie se mira con nadie, todxs copian los movimientos del docente de referencia.
El lugar cada vez se siente más frío, encuentro un pasillo vacío y acomodo mis cosas sobre el piso para tomar una siesta entre clases. Tengo miedo de acostarme pero pienso que si me dicen que me levante no puede ser peor que la situación anterior sobre el tema de la obra.
Se me acerca ella, la bailarina-directora recurrente en mis sueños, y me dice:- Hola! Que bueno que estés acá, ahora empieza la clase abierta, yo me paro en el otro pasillo y la doy para todos-. Una cara que conozco nos mira a los ojos, pienso, a la vez que me pregunto si sabrá de los patovicas de contenido que habitan el edificio, seguro sabe. Empiezo a hacer la clase, acostada y tapada con mi bolsa de dormir sobre el frío metálico del piso. En los momentos de abrirse de piernas me siento mal de no ser tan elongada, o tan fuerte o tan virtuosa como todxs parecen ser en La Corporación de la Danza. Me digo: estos pensamientos no ayudan, seguí trabajando con lo que sabes, apoyate en las sensaciones del movimiento, respiralo para atravesar las dificultades que aparezcan, date tiempo, a la vez que me angustian las ganas de no volver nunca más.

En el tercer sueño ellxs y yo trabajamos juntxs en una performance. Ella la dirige, él y yo somos intérpretes.

Todo sucede en un museo de arte contemporáneo, todo es blanco y en el centro del salón donde estamos hay una escalera mecánica. Estamos en un ensayo y yo tengo que bajar desnuda por la escalera mecánica mirándolo a él que está desnudo, de espaldas a mi, un poco acurrucado sobre un tarima circular también blanca. Ella me pide que no baje la intensidad de la mirada, que me deje mover por lo que suceda cuando nuestros ojos se encuentren. Cuando la escalera termine de descender que camine hasta él y sostengamos esa tensión. Él va a bailar con ojos cerrados, voy a ser testiga hasta que al abrir sus ojos otra cosa acontezca. Todo esto se repite con espectadores que pasan porque estamos ensayando con el museo abierto. Las indicaciones de la directora van cambiando pero solo recuerdo el tomo apasionado de su voz . Al final bailamos desnudxs y deformes por el amplio e impoluto espacio blanco.

El cuarto sueño no es propio, pero me incluye. Mi novia me manda un audio contándome que soñó con la pareja creativa. Me convocaban para ser intérprete en su obra, en el rol de espectadora testiga.
Estamos todxs: ellxs, mi novia, sus amigas bailarinas y yo. Empezamos haciendo una práctica de yoga compartida y después empieza el ensayo. Mi novia y sus amigas son espectadoras y yo espectadora dentro de la puesta en escena, ellxs son la escena junto con unas niñas que también participan. Parece que lo hago muy bien, miro atenta, estoy en el borde de la obra, tensiono entre el afuera y el adentro, en algún momento miro el celular y nadie entiende si es parte de mi interpretación o no y me hacen un chiste al respecto. Me da gracia e ilusión imaginarme como voyeur en una obra. La bailarina-creadora grita mientras se mueve con efervescencia.
Una de las amigas tiene un sweater que era de su mamá y está cocido a los costados, todas visten colores pasteles y miran el ensayo desde las butacas.
El tiempo se pasa y ellas se tienen que ir mientras nosotres seguimos ensayando.

Lucía González Chiappe